Ana Carolina

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Ana Carolina tiene una teoría.

Aunque casi todo el mundo la llama Lucena.

No sabe si Jung estaría completamente de acuerdo con ella, si los científicos le pondrían otro nombre o si las abejas entenderían perfectamente de qué está hablando.

Pero Lucena está convencida de una cosa:

lo que sentimos se contagia.

Dice que el mundo es como una habitación enorme en la que todos respiramos un poquito el aire de los demás.

Que cuando alguien entra enfadado, algo cambia.

Cuando alguien llega con miedo, se nota.

Y cuando aparece una persona riéndose a carcajadas, de esas que se ríen hasta con los hombros, también cambia algo.

Por eso Lucena tomó hace muchos años una decisión bastante particular:

si sus emociones iban a afectar a los demás, intentaría que dejaran algo bonito a su paso.

No significa que nunca esté triste.

Claro que lo está.

Ha llorado.
Ha tenido miedo.
Ha perdido personas.
Ha pasado noches preguntándose cómo demonios iba a solucionar determinadas cosas.

Pero aprendió una diferencia importantísima:

una cosa es estar triste durante un tiempo y otra muy distinta instalarse a vivir en la tristeza.

Y Lucena decidió no empadronarse allí.

Cuando algo sale mal, busca una rendija.

Una pequeña.

La que sea.

—Bueno —dice—, de momento seguimos vivos.

Y si la situación es realmente complicada, añade:

—Y además tengo un pintalabios estupendo.

Entonces alguien se ríe.

Y para ella esa risa ya es una pequeña victoria.

Porque está convencida de que las revoluciones más importantes no siempre empiezan con grandes discursos.

Algunas empiezan cuando consigues que una persona que llevaba toda la mañana preocupada se ría durante treinta segundos.

Lucena hace eso constantemente.

Cuenta historias.
Hace bromas.
Se viste como si cada mañana fuese invitada a una fiesta que nadie más conoce.
Se pone colores imposibles.
Combina lunares con cuadros.
Corazones con fucsia.
Naranja con turquesa.

Y si alguien le dice:

—¿No crees que es demasiado?

Ella contesta:

—Demasiado triste ya está el mundo.

Y sigue caminando.

Pero su alegría no es ingenua.

Eso es importante.

Lucena conoce perfectamente las partes difíciles de la vida.

Simplemente se niega a concederles todo el protagonismo.

Porque también existen otras cosas.

Existe el primer café de la mañana.

Una llamada inesperada.

Una canción que hacía veinte años que no escuchabas.

El olor de una casa cuando alguien está cocinando.

Una amiga que pregunta:

—¿Has llegado bien?

El sol entrando por una ventana.

Un perro que te recibe como si hubieras regresado de una guerra después de bajar cinco minutos a comprar pan.

Una conversación que se alarga.

Un abrazo.

Un trozo de tarta.

Una tarde en la que, aparentemente, no ocurre absolutamente nada.

Lucena aprendió a mirar esas cosas.

Y después aprendió algo todavía más difícil:

a darse cuenta de que esas cosas también son la vida.

No son el relleno.

No son los minutos que hay entre los grandes acontecimientos.

Son la vida.

Por eso saborea.

Saborea muchísimo.

Si come algo que le gusta, cierra los ojos.

Si escucha una canción buena, baila.

Si quiere decirle a alguien que lo quiere, se lo dice.

Si tiene ganas de ponerse unos pantalones amarillos con lunares negros, no espera a que aparezca una ocasión apropiada.

La ocasión es estar viva.

También aprendió a estar bien consigo misma.

Y quizá ese fue su trabajo más importante.

Durante muchos años, como casi todo el mundo, pensó que la felicidad llegaría cuando ciertas piezas encajaran.

Cuando tuviera esto.

Cuando consiguiera aquello.

Cuando desapareciera aquel problema.

Cuando cambiara aquella circunstancia.

Hasta que un día comprendió que siempre habría alguna pieza fuera de sitio.

Así que dejó de esperar a que la vida estuviera completamente ordenada para disfrutarla.

Empezó a quererla despeinada.

Con sus imprevistos.

Con sus contradicciones.

Con días maravillosos y días que sería mejor devolver con el ticket.

Y desde entonces practica algo que considera casi una responsabilidad:

estar en paz con lo que tiene mientras sigue soñando con lo que quiere.

Cuando encuentra a alguien triste, Lucena no le dice que tiene que animarse.

No banaliza su dolor.

No le explica que todo pasa.

Se sienta.

Escucha.

Acompaña.

Y después, cuando siente que puede hacerlo, abre una pequeña ventana.

A veces con una broma.

A veces con una historia.

A veces diciendo:

—Ven, vamos a tomar algo.

Porque también entendió que contagiar alegría no significa obligar a nadie a estar feliz.

Significa recordarles que, incluso dentro de los días malos, sigue existiendo algún lugar por donde puede entrar un poco de luz.

Lucena cree que cada persona deja una especie de huella emocional allí donde pasa.

Y quiere que la suya sea esa.

Que después de hablar con ella alguien se vaya un poquito más ligero.

Que alguien vuelva a confiar.

Que alguien se atreva.

Que alguien se mire al espejo con más cariño.

Que alguien recuerde que todavía quedan cosas por disfrutar.

Quizá el mundo no tenga realmente ese enorme corazón invisible que ella imagina.

Quizá no exista ninguna energía misteriosa conectándonos a todos.

O quizá sí.

A Lucena, en realidad, ya no le preocupa demasiado encontrarle un nombre.

Porque hay algo que sí sabe:

una sonrisa provoca otra.

La ternura provoca ternura.

La amabilidad puede cambiarle el día a un desconocido.

Y una persona luminosa puede transformar durante unos minutos la habitación en la que entra.

Así que Lucena sigue haciendo su pequeña parte.

Se pone sus enormes gafas turquesas.

Se pinta los labios.

Se coloca su abrigo fucsia.

Y sale a la calle como quien tiene una misión secreta.

No salvar el mundo.

Eso sería demasiado trabajo.

Solo intentar dejarlo, cada día, un poquito más alegre de como lo encontró.

Porque después de muchos años entendió algo que ahora lleva casi escrito sobre el corazón:

la felicidad no siempre llega como un gran acontecimiento.

A veces son pequeñas cosas que suceden todos los días y que estamos demasiado ocupados esperando algo extraordinario para poder ver.

Lucena dejó de esperar.

Ahora mira.

Saborea.

Abraza.

Se ríe.

Ama.

Y cuando puede, contagia.

Porque si de verdad existe algo parecido a una conciencia que todos compartimos, Lucena tiene clarísimo qué quiere aportar a la suya:

un poquito más de alegría.