Manifiesto de un Gato
Yo, gato. El que vive contigo, te ignora con elegancia y ocupa el mejor rincón del sofá, declaro solemnemente lo siguiente:
No soy tu mascota. Tú eres mi humano. Mi sirviente, proveedor de comida y abridor profesional de latas. Este no es un vínculo, es un acuerdo: tú trabajas, yo superviso.
No ronroneo por cariño. Lo hago para manipularte. Y funciona. Me das premios, mimos, atención… justo como planeé.
Cuando me escondo, no estoy perdido. Estoy disfrutando del espectáculo de verte buscándome. Me gusta verte sufrir un poco.
No entiendo tus palabras, pero adoro que me hables con esa vocecita ridícula. Es un recordatorio diario de que tengo el control absoluto.
Mi arenero no es un baño: es un santuario.
Mis uñas no son un problema: son herramientas de decoración moderna aplicadas sobre tu sillón favorito.
Y si algo no me gusta, lo sabrás. Inmediatamente.
Duermo la mayor parte del día. El resto, decido si te ignoro o te concedo mi atención. Si salto sobre la mesa mientras comes, es simple: porque puedo.
¿Los perros? Exceso de entusiasmo, poca dignidad. Que se queden con su pelotita; yo prefiero el misterio.
Tu ropa negra es mía.
Tu caja nueva es mía.
Tu cama es mía.
Tu alma… bueno, esa también.
Y aunque te hago creer que no te necesito, la verdad es que te elegí.
Podría vivir libre, cazando sombras y trepando azoteas,
pero prefiero quedarme aquí, contigo, fingiendo indiferencia mientras conquisto tu corazón.
Así que gracias, humano, por alimentarme, por adorarlo todo de mí y por aceptar tu papel en este reino.
Recuerda: tú crees que me tienes, pero en realidad, yo te tengo a ti.
Firmado,
tu gato.





