Se llama Alma, aunque en el barrio le dicen Doña Candela.
Camina como quien baila, habla como quien canta y brilla sin pedir permiso.
Cada mañana se pone sus pendientes de aro, un pañuelo cargado de historias y esa actitud que no negocia su libertad con nadie.
De joven le dijeron que era “demasiado”.
Demasiado intensa, demasiado alegre, demasiado colorida, demasiado ella.
Pero Alma no vino a encajar.
Vino a encender.
Fue peluquera, costurera, sanadora y cantante de azotea. Nunca repitió personaje, porque para ella, la identidad no es una etiqueta: es un carnaval.
Y cuando la vida le dolía —porque sí, dolió—, se hacía un café fuerte, subía la salsa al máximo y se repetía frente al espejo:
“Mañana, más fuerte. Mañana, más yo.”
Hoy lleva flores en el bolso por si alguien se olvidó de quererse.
Se viste como si la vida la esperara para aplaudirle.
Y camina con esa fuerza serena de las mujeres que un día se eligieron a sí mismas… y no se soltaron nunca más.
No se disfraza.
No se disculpa.
Porque hace tiempo decidió ser ella misma, sin pausas ni permisos.
Y cuando le preguntan cómo hace para ser tan feliz, sonríe como quien guarda un secreto precioso, y contesta bajito:
“Cada día me visto de mí. Y no hay traje más bonito.”





