ANA, LA MUJER DEL BESO
Se llama Ana, aunque en el barrio le llaman la mujer del beso.
Cuentan que sus besos tenían algo que nadie supo explicar jamás.
No curaban las heridas del cuerpo.
Curaban esas otras… las que nadie ve.
Bastaba un beso suyo para que una mujer volviera a sentirse bonita.
Para que un anciano dejara de sentirse solo.
Para que alguien recordara que todavía merecía ser querido.
No era magia.
O quizá sí.
Porque Ana tenía el extraño don de besar como si, durante un segundo, el resto del mundo dejara de existir.
En cada beso entregaba tiempo, cariño, presencia…
Y, sobre todo, hacía sentir a quien tenía delante que era la persona más importante del universo.
Muchos olvidaron las conversaciones que tuvieron con ella.
Pero ninguno olvidó cómo se sintieron después de recibir uno de sus besos.
Y cuando Ana ya no estaba, había personas que, en los días difíciles, cerraban los ojos y recordaban uno de aquellos besos.
Entonces respiraban hondo…
Y, por alguna razón, el alma volvía a encontrar un poquito de paz.
Quizá por eso, aunque se llamaba Ana…
Todo el barrio la recordará siempre como la mujer que besaba el corazón.





